De la diversión como evasión a la felicidad de habitar el presente

Por Judit Mateu Cochs

Durante muchos años hubo una pregunta que me acompañó en silencio: ¿cuándo será divertido vivir?

No me preguntaba cuándo llegaría el próximo viaje, la próxima fiesta o la próxima experiencia agradable. Me preguntaba algo mucho más profundo: ¿cuándo dejaría de sentir que vivir es una lucha? ¿Cuándo podría disfrutar de la vida sin necesitar que fuera diferente de como era?

Durante buena parte de mi vida he convivido con heridas, enfado, tristeza y una profunda melancolía. Y, mientras observaba a otras personas aparentemente felices, me preguntaba qué era aquello que yo todavía no había comprendido.

Con el tiempo descubrí algo que transformó mi manera de mirar la existencia: quizás la felicidad no consiste en vivir sin dolor, sino en dejar de vivir huyendo de él.

Y entonces apareció una nueva pregunta: ¿y si la vida fuera un juego que todavía no había aprendido a jugar?

La felicidad que buscamos fuera ¿Qué entendemos por felicidad?

Llevamos siglos preguntándonos qué significa ser felices. Para Aristóteles, la eudaimonía no consistía simplemente en experimentar placer, sino en vivir una vida plena, desarrollando nuestras capacidades y virtudes.

La psicología contemporánea también distingue entre el bienestar hedónico, relacionado con el placer y las experiencias agradables, y el bienestar eudaimónico, vinculado al sentido, al crecimiento personal y a la realización de nuestras potencialidades.

Viktor Frankl, desde la logoterapia, aportó otra mirada fundamental: la importancia de encontrar sentido a la existencia, incluso cuando atravesamos circunstancias dolorosas.

Todas estas perspectivas me llevan a preguntarme: ¿estamos buscando la felicidad o estamos buscando experiencias que nos permitan olvidar temporalmente nuestra infelicidad? Porque no es lo mismo.

Divertirse para disfrutar o divertirse para escapar

Vivimos en una sociedad que nos ofrece innumerables posibilidades de entretenimiento. Viajamos, consumimos, salimos, compartimos experiencias y llenamos nuestras agendas de actividades. Y no hay nada malo en ello. El placer, el descanso y la diversión son necesarios pero pocas veces nos detenemos a preguntarnos desde dónde estamos eligiendo esas experiencias.

¿Me divierto porque realmente deseo vivir lo que estoy viviendo? ¿O necesito divertirme porque no quiero sentir aquello que aparece cuando me detengo? La diferencia es enorme.

Puedo estar rodeada de personas, riendo y disfrutando, y sentir un profundo vacío cuando regreso a casa. O puedo estar sola, en silencio, sin hacer aparentemente nada extraordinario, y experimentar una plenitud difícil de describir.

La diversión puede ser una expresión de felicidad, pero también puede convertirse en una estrategia para no encontrarnos con nosotros mismos. La diferencia no está necesariamente en lo que hacemos, sino en el lugar interior desde el que lo hacemos.

Cuando la felicidad depende de que desaparezca el dolor

Durante mucho tiempo creemos que seremos felices cuando algo cambie: cuando encontremos pareja, cuando nos reconozcan, cuando consigamos nuestros objetivos, cuando resolvamos un conflicto, cuando dejemos de sufrir…Y así vamos aplazando la felicidad.

Sin darnos cuenta, convertimos el bienestar en una condición futura que depende de circunstancias que no siempre podemos controlar. Pero ¿qué ocurre si la vida nunca deja de presentarnos desafíos? ¿Significa eso que nunca podremos ser felices?

Aquí comenzó a transformarse mi mirada. Comprendí que, si esperaba a que desapareciera todo aquello que me dolía para empezar a disfrutar de vivir, probablemente pasaría gran parte de mi existencia esperando. Y yo ya tengo una edad y no quiero seguir esperando.

El dolor también forma parte del juego.

Una de las comprensiones más transformadoras de mi proceso fue descubrir que la vida se manifiesta continuamente a través de nuestras relaciones. Alguien dice algo que me molesta, otra persona no responde como esperaba, una situación que despierta rechazo, miedo, tristeza o enfado…Durante mucho tiempo interpreté estas experiencias únicamente desde lo que el otro hacía.

Hasta que empecé a preguntarme: ¿qué se está despertando en mí?

Esto no significa que el otro no sea responsable de sus comportamientos ni que debamos aceptar relaciones que nos dañan. Significa reconocer que, además de lo que ocurre fuera, existe una experiencia interior que merece ser escuchada. El otro puede despertar una herida que ya estaba en mí.

Y entonces aparece una posibilidad extraordinaria: en lugar de quedarme únicamente atrapada en lo que el otro ha hecho, puedo descubrir qué necesita de mí esa parte mía que está sufriendo. Es aquí donde empieza el juego consciente.

Jugar no significa negar lo que duele

Cuando hablo de jugar con la vida, no me refiero a tomarnos superficialmente nuestras experiencias ni a convertir el sufrimiento en algo divertido. Me refiero a cambiar nuestra posición interior ante lo que vivimos.

Imaginemos que alguien hace un movimiento en una partida y ese movimiento despierta en mí una emoción dolorosa. Puedo quedarme atrapada en la reacción, defendiendo mi posición, atacando, huyendo o sintiéndome víctima de lo ocurrido. 

O puedo reconocer que se ha iniciado una partida en mi interior: ¿Qué estoy sintiendo? ¿Dónde lo siento en mi cuerpo? ¿Qué historia se ha activado? ¿Qué necesita esa parte de mí?

Entonces dejo de jugar exclusivamente contra el otro y empiezo a jugar a favor de mi propia conciencia. No siempre será agradable. Habrá momentos de tristeza, rabia o vulnerabilidad. Pero aparece algo nuevo: la curiosidad. Y con ella, la posibilidad de descubrirme.

La vida empieza a ser divertida no porque deje de doler, sino porque empiezo a comprender que puedo aprender a relacionarme de otra manera con aquello que me duele.

El amor incondicional como descubrimiento

Y aquí llegamos a lo que para mí constituye el verdadero regalo de este juego. Cuando alguien despierta una herida, también aparece una oportunidad: la de ofrecerme aquello que quizás llevaba toda la vida esperando recibir de fuera: Amor, comprensión, escucha, presencia, respeto,…

Si ante mi dolor me rechazo, me juzgo o me abandono, vuelvo a reproducir la herida. Pero si permanezco conmigo, si escucho lo que siento y atiendo mis necesidades, estoy practicando algo profundamente transformador: el amor incondicional hacia mí misma.

No necesito estar bien para amarme, no necesito dejar de sentir miedo, tristeza o enfado para merecer mi propia presencia. Puedo abrazarme precisamente cuando más vulnerable me encuentro.

Y entonces sucede algo que me sigue maravillando: aquello que inicialmente parecía alejarme de la felicidad puede convertirse en una oportunidad para profundizar en el amor hacia mí misma.

No porque el dolor sea bueno en sí mismo, ni porque todo sufrimiento tenga necesariamente una enseñanza, sino porque puedo descubrir nuevas posibilidades de cuidado y conciencia en mi manera de atravesarlo.

El otro puede despertar mi dolor, pero soy yo quien puede despertar el amor con el que atenderlo. Y descubrir esa capacidad creadora, recordar este origen creador es, para mí, una de las experiencias más hermosas del juego de vivir.

Habitar la vida: habitar la diversión y habitar el dolor

Hay una palabra que para mí cambia completamente el significado de la felicidad: habitar. Habitar con H. No es lo mismo pasar por una experiencia que estar verdaderamente presente en ella. Puedo divertirme sin habitar mi diversión. Puedo reír mientras una parte de mí sigue desconectada, intentando escapar de algo que no quiere sentir.

También puedo habitar una experiencia alegre, sentirla plenamente en mi cuerpo, disfrutarla sin necesitar que dure eternamente. Y lo mismo sucede con el dolor: puedo resistirme a él, intentar eliminarlo o distraerme constantemente para no sentirlo. O puedo aprender a habitarlo, respetando mis límites, reconociendo mis emociones y acompañándome con amor.

Aquí descubrí algo esencial: habitar la diversión no está reñido con habitar el dolor. Ambas experiencias forman parte de la vida. Y cuando dejo de dividir mi existencia entre aquello que quiero sentir y aquello que rechazo, comienzo a experimentar una forma de libertad interior.

El presente como lugar de encuentro

Para poder habitar necesitamos estar presentes. Nuestra mente puede viajar constantemente hacia el pasado, recordando lo que ocurrió, lo que perdimos o aquello que todavía no hemos perdonado. También puede proyectarse hacia el futuro, anticipando amenazas, imaginando dificultades o esperando que llegue finalmente ese momento en el que todo estará bien.

Pero nuestro cuerpo siempre está aquí, en el presente y es aquí donde podemos sentir, respirar, reconocer nuestras necesidades y elegir cómo queremos responder a lo que estamos viviendo. Esto no significa que los recuerdos dolorosos o las preocupaciones desaparezcan automáticamente sino que podemos aprender a relacionarnos con ellos desde la conciencia del momento presente.

El pasado puede ser recordado, pero no necesita gobernar cada una de nuestras respuestas. El futuro puede ser planificado, pero no necesitamos vivir permanentemente atrapados en su incertidumbre. Es en el presente donde el dolor puede encontrarse con el amor que somos capaces de ofrecernos y donde comienza a ser posible la integración.

Cuando vivir se convierte en una experiencia creadora

Hoy comprendo de otra manera aquella pregunta que me acompañó durante tantos años: ¿cuándo será divertido vivir? La respuesta no llegó cuando desaparecieron todos mis problemas, llegó cuando empecé a descubrir que podía participar conscientemente en mi propia experiencia, que podía observar mis reacciones sin identificarme completamente con ellas, que podía sentir dolor sin abandonarme, que podía equivocarme, aprender, reparar y volver a empezar, que podía reconocer en cada relación una oportunidad para conocerme mejor, sin perder la capacidad de poner límites, protegerme o alejarme cuando fuera necesario. Y, sobre todo, que podía dejar de esperar a que la vida me ofreciera felicidad para empezar a cultivar una relación amorosa conmigo misma.

Entonces el juego cambió. Ya no necesitaba ganar todas las partidas, ni controlar todos los movimientos, ni conseguir que los demás actuaran como yo esperaba. Empecé a descubrir el placer de estar viva, de sentir, de aprender, de crear y de seguir ampliando mi conciencia.

Para mí, esa es la felicidad: no una alegría permanente, sino una forma profunda de estar en relación con la vida, sin excluir ninguna parte de mi experiencia.

Tres comprensiones para una felicidad más consciente

Después de muchos años buscando respuestas, hoy resumiría mi mirada en tres comprensiones:

  1. La diversión no siempre es felicidad: Podemos divertirnos para escapar de nosotros mismos o podemos divertirnos porque estamos plenamente presentes. La pregunta no es cuánto nos divertimos, sino desde dónde lo hacemos.
  2. La felicidad no exige la ausencia de dolor: Podemos atravesar experiencias difíciles y, al mismo tiempo, aprender a tratarnos con amor, respeto y compasión. No necesitamos agradecer el sufrimiento para reconocer nuestra capacidad de transformarnos.
  3. Vivir puede convertirse en un juego consciente: Cuando dejamos de luchar constantemente contra lo que sentimos y aprendemos a habitar nuestra experiencia, recuperamos nuestra capacidad de elegir, aprender y crear.

Hoy ya no me pregunto cuándo será divertido vivir, me pregunto qué puedo descubrir de mí en cada nueva partida que la vida me propone. He comprendido que la felicidad no está necesariamente al final del camino, esperando a que todo esté resuelto. La felicidad comienza cuando dejamos de huir de la vida y nos atrevemos, por fin, a habitarla. Entonces descubrimos que vivir, con todo lo que vivir significa, puede ser una experiencia profundamente hermosa.

Una invitación a habitarte

Si estas palabras han resonado contigo y sientes que ha llegado el momento de dejar de sobrevivir en el hacer para empezar a vivir en el ser, te invito a leer mi segundo libro Sobrevivir en el hacer o vivir en el ser (Editorial Hakabooks, 2026) y a conocer el Programa P-ROC®: Del humano hacedor al Ser humano creador: un recorrido de autoconocimiento y transformación desde el cuerpo, la conciencia y el movimiento, para aprender a reconocer tus patrones de supervivencia, atender tus heridas y recuperar tu capacidad creadora.

Judit Mateu Cochs
Terapeuta psico-corporal y energética, formadora y escritora.
Creadora del Universo P-ROC®.

www.juditmateu.com